Siento otra vez la pérdida de control, ese constante
estado de letargo y esa torpeza extraordinaria... Lo que indica, claramente que
perdí el sentido común.
Después de haber hablado pestes del amor, éste decidió callarme
la boca y demostrarme que siempre estuvo en la “profundidad de su mirada, en la
ternura de sus besos y en el calor de sus caricias”. Se escondía en lo más
oscuro y profundo de mí ser; en mi mente cuando recordaba su respiración, en mi
cuerpo cuando sentía la tibieza de sus dedos caminando por mi espalda, ahora
alimenta mis pulmones con suspiros y hace que mis noches sean más cortas y llenas de calor.


Lo maldije, lo califiqué como “un montón de quimeras, un
fantasma con grillete y una atroz invención humana” y aún así, decidió
devolverme la fe y con ella, a esa persona que tanto había anhelado, ese hombre
que me hace sentir todo lo que siempre había querido.
Justo cuando creí que todo había terminado para nosotros llegó
una sensación de esperanza y un empalagoso deseo de reconciliación que me
devolvió la sonrisa, la fuerza y las ganas de volver a creer. Lo imposible fue
posible una vez más, dejé de ser la regla para convertirme en la excepción:
Aquella cuyo final feliz logró conseguir.
Si es verdad que todas las historias, cuentos y relatos tienen
un final y que con él todos los sueños se evaporan dejando una amarga carga de
vacío, también es cierto que somos nosotros mismos quienes decidimos dejar de
luchar y luego, como todos los humanos buscar un culpable para no evidenciar
nuestro miedo al fracaso y es ahí cuando decidimos culpar al amor.
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