miércoles, 31 de diciembre de 2014

Perdiendo el sentido común


Hace ya un año y medio que entré de nuevo en ese desequilibrio emocional al que todos llaman amor.
Siento otra vez  la pérdida de control, ese constante estado de letargo y esa torpeza extraordinaria... Lo que indica, claramente que perdí el sentido común.

Después de haber hablado pestes del amor, éste decidió callarme la boca y demostrarme que siempre estuvo en la “profundidad de su mirada, en la ternura de sus besos y en el calor de sus caricias”. Se escondía en lo más oscuro y profundo de mí ser; en mi mente cuando recordaba su respiración, en mi cuerpo cuando sentía la tibieza de sus dedos caminando por mi espalda, ahora alimenta mis pulmones con suspiros y hace que mis noches sean más cortas y llenas de calor.


Lo maldije, lo califiqué como “un montón de quimeras, un fantasma con grillete y una atroz invención humana” y aún así, decidió devolverme la fe y con ella, a esa persona que tanto había anhelado, ese hombre que me hace sentir todo lo que siempre había querido.


Justo cuando creí que todo había terminado para nosotros llegó una sensación de esperanza y un empalagoso deseo de reconciliación que me devolvió la sonrisa, la fuerza y las ganas de volver a creer. Lo imposible fue posible una vez más, dejé de ser la regla para convertirme en la excepción: Aquella cuyo final feliz logró conseguir.

Si es verdad que todas las historias, cuentos y relatos tienen un final y que con él todos los sueños se evaporan dejando una amarga carga de vacío, también es cierto que somos nosotros mismos quienes decidimos dejar de luchar y luego, como todos los humanos buscar un culpable para no evidenciar nuestro miedo al fracaso y es ahí cuando decidimos culpar al amor.
La Rana
                         




                                                                                         

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